sábado, 1 de enero de 2011

EGO-FRIENDLY


A los individualistas nos pasa que con los años acabamos haciéndonos amigos de nosotros mismos, aún cuando en ocasiones seamos también nuestros peores enemigos.

Empieza un año más (con especial énfasis en ese "más" que parece un adverbio de cansancio, no solo de cantidad) y me siento vacía. Vacía cuando llego a casa y no puedo despreocuparme del desorden pero tampoco ánimo para limpiar. Vacía cuando pienso que tengo que llamar a un montón de personas por mera convención social. Vacía mientras dejo preparada la ropa que me voy a poner mañana. Vacía mientras hago café para que al hecho de levantarme de la cama no haya que añadirle ningún esfuerzo adicional. Vacía cuando le quito la batería al móvil para que nadie me despierte temprano. Vacía cuando pongo a descargar algunas películas que siempre he querido ver pero para las que no he tenido tiempo.

Vacía mientras pongo en marcha un dispositivo que tiene como único propósito de hacer que el día de mañana sea más sencillo. Porque sé que después de sentirme vacía siempre me siento deprimida, y hay algo de dulce en el hecho triste de que mi yo de hoy cuide de mi yo de mañana.

Yo, mi, me, conmigo...

viernes, 19 de febrero de 2010

LOS SUEÑOS SUEÑOS SON...Y MENOS MAL



Con los sueños pasa la mayor parte de las veces como con los hijos, que siempre se cree que los de uno son excepcionales y el proceso de aceptar que son bastante corrientes acaba generalmente con el auto convencimiento de que en el fondo, es mucho mejor así.

Yo, por ejemplo, sueño muy a menudo que conduzco, lo he comentado con varias personas y por lo visto es algo que le ocurre a todo el mundo, y que además hay varias posibles interpretaciones.
En mi caso, yo conduzco un mercedes enorme, de esos cuadradotes antiguos, que no se por qué uno se imagina automáticamente con matrícula de Ourense, y de ese color que los concesionarios llaman "arena" y pero mi abuela denomina "panza-burra". Mi carnet de conducir, en el sueño, solo me autoriza a circular de día, porque es un carnet de conducir especial que me han dado por ser buena persona, y tengo que ir siempre con alguien de copiloto para que me sujete el volante porque no llego con los pies a los pedales que están lejísimos si no me meto debajo del salpicadero entera.

Con mi coche gigante que solo puedo conducir por el día, voy a una casa que hay en un sitio que en el sueño digo que es mi pueblo, pero que en realidad es una de esas urbanizaciones que salen en las películas americanas con los chalets todo juntos pero no pegados, parecidos, pero distintos, que no tienen verja alrededor del jardín. Es verano (siempre) y mi copiloto que es cada vez una persona distinta siempre es alguien que conozco pero tampoco demasiado y que se sorprende cuando llegamos a la que se supone que la casa de mi familia. Sobre el césped hay una piscina de esas desmontables enorme llena de mujeres lesbianas entradas en carnes con bañadores todos iguales y gorritos de baño de esos con flores pegadas, que parecen muy contentas. También parece muy contento un hombre desnudo que hay en la bañera. En el sueño siempre voy al baño nada más llegar y no me sorprende encontrar a un tío en bolas allí tumbado con un taco de preguntas de Trivial sobre la barriga, que me dice que es el primo de Montse (pero no lo es, no se parece ni un poco siquiera, de hecho) y me dice que si nos hacemos una rondita de preguntas para pasar el rato, pero son de la edición nueva y fallo todas las rosas porque no veo la tele desde 10 años.

Y después me quiero ir porque se va a hacer de noche, pero la persona con la que había venido se quiere quedar en la piscina de las lesbianas a vivir, así que a cambio me llevo a una de ellas, que se llama Gladis y que me cuenta que tiene un hijo, porque cuando era más joven le gustaba tanto lo uno como lo otro, pero que ya no tiene paciencia para aguantar según que cosas y que además la subvención por ser homosexual sin ser un dineral paga todas las facturas. Gladis me agarra el volante mientras yo voy a buscar los pedales y entonces se ha hecho de noche del todo y menos mal que debajo del salpicadero hay un hotel, donde podemos aparcar y cenar y pasar la noche en una habitación con camas gemelas y por hacer todo eso, nos pagan (que no nos cobran) 19,99 dólares.

Cuando me despierto, Gladis no está y no ha dejado una nota ni nada, y en recepción me dicen que me puedo quedar a vivir y trabajar en el hotel, pero no me interesa porque el sueldo es negativo ya que tengo que darle dinero de mi bolsillo a la gente que se aloje allí, lo cual como huésped era estupendo pero desde el otro lado no se ve tan guay.
Así que presa de la desesperación me tumbo en el asfalto a esperar que me atropellen, pero él coche que viene es el monovolumen de mi padre que me monta en él y me echa una bronca monumental porque me he dejado la puerta de casa sin echar la llave y cuando le pregunto que si la de su casa o la de la mía me dice que cuántos años hace que no vivo con él (13 años), que es que no se había dado ni cuenta.
Y después me despierto y siempre tengo antojo de tortilla de patatas y sigo posponiendo lo de ir a pedir información a la autoescuela para ver si me saco el carnet de una vez.

viernes, 29 de enero de 2010


En ese momento de la noche en que deja de ser muy tarde para empezar a ser muy temprano, ella camina por el borde de la acera. Va a coger un taxi, pero los va dejando pasar por su lado uno tras otro, casi sin darse cuenta. Va a coger un taxi, pero todavía no.

No hace frío a pesar de que es febrero, las pocas personas con las que se cruza llevan los abrigos en la mano, bromean en grupos o parecen simplemente pasear. Algunos están ebrios. La atmósfera de la calle Cea Bermúdez parece un trailer de la primavera que se estrenará próximamente.

Ella evita mirar a los ojos de la gente, lleva la cabeza baja y el bolso colgando del hombro con despreocupación pese a que ella parece más preocupada que lo contrario. Concentrada. El viento le agita el pelo que hace unas horas debió de estar cuidadosamente peinado. El flequillo francés se levanta de su frente, haciendo que se parezca un poco a una versión femenina y melancólica de Tintín. Tiene una sombra de rimel en los párpados inferiores y mantiene los labios tan apretados parecen no existir.

Se detiene de repente a la altura del nuevo teatro y se gira muy lentamente como si fuera la primera vez que lo ve. Quizá es así. Se sienta en el banco que tiene delante, y recorre cada detalle de la fachada con la vista como si quisiera aprenderlo de memoria y saca del su bolso unos zapatos bajos, se quita los tacones con cuidado de no pisar en ningún momento el suelo con los pies descalzos. Ambos pares son de charol negro y parecen muy nuevos, quizá han sido comprados para la ocasión.

Se levanta y suspira, mientras echa una última mirada al banco para comprobar que no se deja nada. Camina algo más rápido, y para un taxi con la mano, el taxista conoce la dirección lo cual es una suerte, así que se recuesta en el asiento de atrás, notando como se relaja cada músculo de su cuerpo, y sin hacer el más mínimo ruido, por fin, llora.

miércoles, 20 de enero de 2010

LAY DOWN DAY


No consigo que funcione el ordenador y no sé si considerar como algo positivo que no haya empezado a arder espontáneamente. Se está acabando el día y me pregunto qué he hecho hoy a parte de estar sentada delante del portátil que permanece idénticamente inerte a como estaba hace seis horas.




Le cambio el agua al gato y le abro una lata de esas que le escatimo sistemáticamente porque está gordo, porque a lo mejor está gordo porque es infeliz y la comida es su única posibilidad de catarsis. Y suponiendo que esta teoría peregrina sea cierta... ¿ Dota esta última supuesta buena acción de algún valor a la jornada que se acaba?




En este miércoles en el que no fui ni siquiera buena compañía, en el que me limité a pedir ayuda para sostenerme a la mano de quien sabe que ninguno somos inocentes, en el que no he tachado ni una sola línea de la lista de things to do, en el que no hacía frío ni calor y al menos se me podía haber ocurrido a tiempo pasear un rato por ahí en minifalda para poner contento a algún hombre solo que se sienta más solo aún de cintura para abajo. En este miércoles en el que los espectadores pagaban menos para que los que dan espectáculo ganen igual, no fui ni lo uno ni otro, y con media botella de vino me he comido las pruebas de lo único que al parecer he hecho hoy por mantenerme productiva.




Productiva, eficaz, industriosa. Se me ocurren al menos una docena de adjetivos para eso que antes se daba en mí de manera natural y que ahora parece totalmente fuera de mi alcance, casi ciencia ficción. Leer. Dibujar. Acudir a exposiciones y conciertos. A tertulias en inglés. A caminar sin rumbo fijo con la cámara sin importar si hago 100 fotos o ninguna. Hasta mis aficiones han empezado a darme pereza y me pregunto que pasa cuando uno ya no es aficionado a nada. ¿Y cuando además no es profesional de nada? ¿Se es ya oficialmente nada? ¿Viene alguien a casa con una orden del juzgado y te retira el DNI? ¿Te evaporas sin más si el estado de lasitud amenaza con tornarse permanente?




El miércoles se ha ido y ni siquiera he considerado llegar a ninguna conclusión de como ocurrirá el proceso de despersonalizarse, de desexistir, de nadificarse. A lo mejor es tan sencillo como dejar pasar también el jueves, inmóvil e introspectivo, boca arriba, quizá sobre el costado el viernes, igualmente tendido, dormitando, reflexionando sin continuidad como un viejo chocho. Y después el sábado, salvando los ratos de la oficina en modo "auto" para venir después a casa, y más que a casa, al hogar que cada uno lleva dentro, en mi caso ese en el que mi madre me llevaba en brazos, porque era muy pequeña y me encontraba tan mal que ni me encontraba, y me daba chocolate y codeína y todo el mundo me dejaba en paz por unos días... Y quedarme ahí en ese sofá de mi imaginación domingo y lunes y martes... Semana tras semana hasta que ya no importe nada y mi cuerpo, boca arriba, boca abajo o de costado, sea solo una cascara que se pueda llevar un soplo de viento que entre por la ventana al ventilar este cuarto.




Si. Probablemente será así. Me quedo con esta hipótesis y casi satisfecha, y me despido:




Espero que tuvieran un buen miércoles.




Buenas noches.

lunes, 7 de diciembre de 2009

CLAIM


Tengo la sensación de que todo va bien mientras hago juicios sobre parcelas muy pequeñas de lo que pasa y me pasa ultimamente. Como si tuviese que llevar puestos unos chismes de esos de cuero que les ponen a los caballos para que no abarquen demasiado con la vista y no se sobresalten.

Pero la verdad es que no me va bien. Cuando abro la perspectiva y miro alrededor y hacia adentro la verdad es que no sé por cual de todos los aspectos que apestan de mi vida empezar a gritar primero.

Y sigo intentando mantener esa media sonrisa, esconder las viejas fotos para no castigarme más con pruebas físicas, y repetir una y mil veces como un mantra que no me puedo quejar. Que no me quiero quejar.

Quizá es que ya no me sé quejar. Que es queja en sí quedarse aquí sentado recordando momentos más puros, más limpios, más reales. Momentos que en mi cabeza se reproducen con los blancos tan quemados que deslumbran, con el frío tan intenso que corta la respiración, con las palabras tan precisas que no sobra ni falta una sola de ellas.

No me quejo. Enfoco distancias más cortas, detalles, pequeñeces. Lo que va bien, lo que se le vende a la galería, lo que sale en portada.

Estoy bien. No pasa nada. ¿Me oyes? ¿Me oigo yo acaso? Estoy bien.

O no. Pero en realidad qué más da.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

THERE IS NOT FALL


A veces tenerlo todo, significa no tener nada más. Quemar los planos de los túneles secretos, y poner cadenas en las salidas de emergencia.




Tenerlo todo, menos el pensamiento de ir a necesitar un paracaidas. No llevarlo. Saltar y pensar: tú me sujetas. Deshechar las dudas. No darnos opción a tener miedo. Tú me sujetas y si no es así me voy a dar tal hostia que me voy a poner del revés.




Pero no va a pasar. Por eso no nos permitimos las coderas, no llevamos chaleco salvavidas, vamos a toda velocidad, sin cuidado, como el niño que todavía no se estrelló nunca de la bicicleta. Sin cuidado. No hace falta el cuidado. Porque tú me cuidas.




Y hacemos como si nunca nos hubiéramos decepcionado, como si nadie nos hubiera dejado nunca caer, como si no nos hubiéramos levantado mil y una veces del suelo y mirándonos la ropa sucia y las rodillas heridas pensando: no lo hago más.




Porque el miedo, no es el antídoto del dolor. Porque estar alerta, es lo contrario de tener sueños. Y porque no hay paracaidas, salvavidas, ni plan B, que sea capaz de evitar que nos estrellemos de nuevo.




Asi que tenerlo todo, supongo que implica tenerte solo a ti. Que tú me tengas solo a mí. Y la certeza de que esto no puede estropearse, mientras no se estropee.

sábado, 21 de noviembre de 2009

CERCANÍAS. O NO TANTO.




Sábado. Medio día. Tren de cercanías. Estoy sentada de espaldas a la marcha y de frente al resto del vagón. Salí anoche y tengo sueño. No demasiado. Lo justo como para estar un poco confusa. Como si mis pensamientos bailaran a cámara lenta en mi cabeza. Gracias al cielo, estamos en el siglo veintiuno y las posibilidades de que mi supervivencia dependa de mi agilidad mental son escasas; en la prehistoria me habría comido un dinosaurio. Claro que en la prehistoria no existía el Wullitzer Ballroom.






Miro a mi alrededor. Caras largas. Madres con niños. Padres con bolsas. Chavales con legañas que se tocan la cara como si no acabaran de creerse que ya no están en la cama durmiendo plácidamente la mona. Yo misma, me paso la mano por la frente presa de uno de esos vértigos que me agarran ultimamente en los momentos menos oportunos. Esos momentos en los que mi flamante nueva vida parece demasiado nueva y demasiado flamante para ser vida, y sobre todo para ser mía y tengo la impresión de que cuando menos me lo espere va a romperse alguna costura y se va a desparramar todo por el suelo. O peor aún, que alguien va a sacudirme el brazo para despertarme del sueño delirante de que todo estaba bien, y me voy a encontrar sentada, como ahora, con la cabeza contra el cristal y el bolso entre las piernas, pero no en un tren camino de la sierra norte si no en uno de esos muchos aviones que cogí durante casi dos años, siempre marchándome de los sitios pero nunca llegando a ninguna parte.






Me levanto cuando se aproxima mi parada. Un chico de pelo largo muy largo y pantalones caídos se coloca a mi lado. Tiene aspecto de haber pasado una noche de viernes o muy muy buena o muy muy mala y también de ser uno de esos personajes que aparecen en los anuncios enfocados a la juventud. Un prototipo. Un macho alfa. Alguien que la industria discográfica podría convertir en un ídolo de jovencitas aunque no sepa cantar. Un tío guay, vamos.






Se gira y le pregunta dónde estamos a algo que sólo él ve por encima de mi cabeza. Se ha equivocado de tren. Lo encaja con la resignación de quien asume que en su estado lo verdaderamente complicado es que hubiera acertado a la primera y se baja delante de mí, quien sabe si con intención de regresar al punto de partida, de colgarse del primer pino alto que encuentre, o de unirse a una congregación de Capuchinos Descalzos.






Yo lo miro alejarse, mientras subo las escaleras que peldaño a peldaño me acercan más a mi centro de trabajo, y me doy cuenta por enésima vez, pero no con menos sorpresa que la primera, de que estar perdido es lo más fácil. Como si fuera nuestro estado natural. Como si estuviéramos diseñados para ello. Como si los caminos se retorcieran sobre si mismos con la única intención de hacernos asumir al fin nuestra condición de extraviados. No ya de estarlo, si no de serlo.






Y una vez más, también, con las mismas ganas que la primera, cruzo los dedos dentro del bolsillo de la chaqueta y pienso, por favor, si todo es mentira, que nadie venga a joderme con la verdad. Con ninguna verdad. Por favor.