
Toda la
poesía de esta ciudad en bicicleta. La belleza de postal de sus canales, con sus barcos cargados de turistas, que miran, con los ojos girando 360 grados, tras las cámaras. Toda esa búsqueda suya, que es la mía, ese afán de detener el instante, de captar la esencia, de llevarse a casa una imagen que sea
Amsterdam. Que explique no solo lo que vimos, si no también lo que
olimos, lo que dejó en nuestro ánimo el mercado de las flores, lo que causó en nuestros huesos la llovizna tibia de principios de otoño, lo que le ocurrió a nuestra cabeza a orillas del
Dommel...
Todas las sensaciones de
esta capital de juguete, todas las palabras, en todos los idiomas que
aquí se encuentran para intentar definir lo que mi corazón sabe pero mi boca no alcanza. Todos los minutos de plenitud en los que estuve lejos de todo menos de lo que mis sentidos abarcaban...
Y todas esas noches, de cama improvisada y risas de desplazados, y esa luna, que se ve otra aunque sea la misma desde este salón con las horas contadas en
Slotervaart... Esas noches que también estuvieron hechas de tu ausencia, reverso de esos días,
llámalos vacaciones o exilio o paréntesis o punto de inflexión o quizá más que razonable independencia...
Todas esas unidades de longitud, de distancia, de
definición, de temperatura y de belleza si es que se puede medir en algo más fiable que el lapso de tiempo que se tarda en recuperar la respiración tras el impacto de cualquier rincón de esta ciudad que es tan bonita que casi da miedo.
Todas y cada una de esas medidas, y por supuesto, todo lo que implica un peso, desaparecen, se evaporan, dejan de existir con un fundido en negro que dura 3 palabras: Las que tú necesitas al teléfono para decirme en un susurro que me extrañas.