viernes, 19 de febrero de 2010

LOS SUEÑOS SUEÑOS SON...Y MENOS MAL



Con los sueños pasa la mayor parte de las veces como con los hijos, que siempre se cree que los de uno son excepcionales y el proceso de aceptar que son bastante corrientes acaba generalmente con el auto convencimiento de que en el fondo, es mucho mejor así.

Yo, por ejemplo, sueño muy a menudo que conduzco, lo he comentado con varias personas y por lo visto es algo que le ocurre a todo el mundo, y que además hay varias posibles interpretaciones.
En mi caso, yo conduzco un mercedes enorme, de esos cuadradotes antiguos, que no se por qué uno se imagina automáticamente con matrícula de Ourense, y de ese color que los concesionarios llaman "arena" y pero mi abuela denomina "panza-burra". Mi carnet de conducir, en el sueño, solo me autoriza a circular de día, porque es un carnet de conducir especial que me han dado por ser buena persona, y tengo que ir siempre con alguien de copiloto para que me sujete el volante porque no llego con los pies a los pedales que están lejísimos si no me meto debajo del salpicadero entera.

Con mi coche gigante que solo puedo conducir por el día, voy a una casa que hay en un sitio que en el sueño digo que es mi pueblo, pero que en realidad es una de esas urbanizaciones que salen en las películas americanas con los chalets todo juntos pero no pegados, parecidos, pero distintos, que no tienen verja alrededor del jardín. Es verano (siempre) y mi copiloto que es cada vez una persona distinta siempre es alguien que conozco pero tampoco demasiado y que se sorprende cuando llegamos a la que se supone que la casa de mi familia. Sobre el césped hay una piscina de esas desmontables enorme llena de mujeres lesbianas entradas en carnes con bañadores todos iguales y gorritos de baño de esos con flores pegadas, que parecen muy contentas. También parece muy contento un hombre desnudo que hay en la bañera. En el sueño siempre voy al baño nada más llegar y no me sorprende encontrar a un tío en bolas allí tumbado con un taco de preguntas de Trivial sobre la barriga, que me dice que es el primo de Montse (pero no lo es, no se parece ni un poco siquiera, de hecho) y me dice que si nos hacemos una rondita de preguntas para pasar el rato, pero son de la edición nueva y fallo todas las rosas porque no veo la tele desde 10 años.

Y después me quiero ir porque se va a hacer de noche, pero la persona con la que había venido se quiere quedar en la piscina de las lesbianas a vivir, así que a cambio me llevo a una de ellas, que se llama Gladis y que me cuenta que tiene un hijo, porque cuando era más joven le gustaba tanto lo uno como lo otro, pero que ya no tiene paciencia para aguantar según que cosas y que además la subvención por ser homosexual sin ser un dineral paga todas las facturas. Gladis me agarra el volante mientras yo voy a buscar los pedales y entonces se ha hecho de noche del todo y menos mal que debajo del salpicadero hay un hotel, donde podemos aparcar y cenar y pasar la noche en una habitación con camas gemelas y por hacer todo eso, nos pagan (que no nos cobran) 19,99 dólares.

Cuando me despierto, Gladis no está y no ha dejado una nota ni nada, y en recepción me dicen que me puedo quedar a vivir y trabajar en el hotel, pero no me interesa porque el sueldo es negativo ya que tengo que darle dinero de mi bolsillo a la gente que se aloje allí, lo cual como huésped era estupendo pero desde el otro lado no se ve tan guay.
Así que presa de la desesperación me tumbo en el asfalto a esperar que me atropellen, pero él coche que viene es el monovolumen de mi padre que me monta en él y me echa una bronca monumental porque me he dejado la puerta de casa sin echar la llave y cuando le pregunto que si la de su casa o la de la mía me dice que cuántos años hace que no vivo con él (13 años), que es que no se había dado ni cuenta.
Y después me despierto y siempre tengo antojo de tortilla de patatas y sigo posponiendo lo de ir a pedir información a la autoescuela para ver si me saco el carnet de una vez.

viernes, 29 de enero de 2010


En ese momento de la noche en que deja de ser muy tarde para empezar a ser muy temprano, ella camina por el borde de la acera. Va a coger un taxi, pero los va dejando pasar por su lado uno tras otro, casi sin darse cuenta. Va a coger un taxi, pero todavía no.

No hace frío a pesar de que es febrero, las pocas personas con las que se cruza llevan los abrigos en la mano, bromean en grupos o parecen simplemente pasear. Algunos están ebrios. La atmósfera de la calle Cea Bermúdez parece un trailer de la primavera que se estrenará próximamente.

Ella evita mirar a los ojos de la gente, lleva la cabeza baja y el bolso colgando del hombro con despreocupación pese a que ella parece más preocupada que lo contrario. Concentrada. El viento le agita el pelo que hace unas horas debió de estar cuidadosamente peinado. El flequillo francés se levanta de su frente, haciendo que se parezca un poco a una versión femenina y melancólica de Tintín. Tiene una sombra de rimel en los párpados inferiores y mantiene los labios tan apretados parecen no existir.

Se detiene de repente a la altura del nuevo teatro y se gira muy lentamente como si fuera la primera vez que lo ve. Quizá es así. Se sienta en el banco que tiene delante, y recorre cada detalle de la fachada con la vista como si quisiera aprenderlo de memoria y saca del su bolso unos zapatos bajos, se quita los tacones con cuidado de no pisar en ningún momento el suelo con los pies descalzos. Ambos pares son de charol negro y parecen muy nuevos, quizá han sido comprados para la ocasión.

Se levanta y suspira, mientras echa una última mirada al banco para comprobar que no se deja nada. Camina algo más rápido, y para un taxi con la mano, el taxista conoce la dirección lo cual es una suerte, así que se recuesta en el asiento de atrás, notando como se relaja cada músculo de su cuerpo, y sin hacer el más mínimo ruido, por fin, llora.

miércoles, 20 de enero de 2010

LAY DOWN DAY


No consigo que funcione el ordenador y no sé si considerar como algo positivo que no haya empezado a arder espontáneamente. Se está acabando el día y me pregunto qué he hecho hoy a parte de estar sentada delante del portátil que permanece idénticamente inerte a como estaba hace seis horas.




Le cambio el agua al gato y le abro una lata de esas que le escatimo sistemáticamente porque está gordo, porque a lo mejor está gordo porque es infeliz y la comida es su única posibilidad de catarsis. Y suponiendo que esta teoría peregrina sea cierta... ¿ Dota esta última supuesta buena acción de algún valor a la jornada que se acaba?




En este miércoles en el que no fui ni siquiera buena compañía, en el que me limité a pedir ayuda para sostenerme a la mano de quien sabe que ninguno somos inocentes, en el que no he tachado ni una sola línea de la lista de things to do, en el que no hacía frío ni calor y al menos se me podía haber ocurrido a tiempo pasear un rato por ahí en minifalda para poner contento a algún hombre solo que se sienta más solo aún de cintura para abajo. En este miércoles en el que los espectadores pagaban menos para que los que dan espectáculo ganen igual, no fui ni lo uno ni otro, y con media botella de vino me he comido las pruebas de lo único que al parecer he hecho hoy por mantenerme productiva.




Productiva, eficaz, industriosa. Se me ocurren al menos una docena de adjetivos para eso que antes se daba en mí de manera natural y que ahora parece totalmente fuera de mi alcance, casi ciencia ficción. Leer. Dibujar. Acudir a exposiciones y conciertos. A tertulias en inglés. A caminar sin rumbo fijo con la cámara sin importar si hago 100 fotos o ninguna. Hasta mis aficiones han empezado a darme pereza y me pregunto que pasa cuando uno ya no es aficionado a nada. ¿Y cuando además no es profesional de nada? ¿Se es ya oficialmente nada? ¿Viene alguien a casa con una orden del juzgado y te retira el DNI? ¿Te evaporas sin más si el estado de lasitud amenaza con tornarse permanente?




El miércoles se ha ido y ni siquiera he considerado llegar a ninguna conclusión de como ocurrirá el proceso de despersonalizarse, de desexistir, de nadificarse. A lo mejor es tan sencillo como dejar pasar también el jueves, inmóvil e introspectivo, boca arriba, quizá sobre el costado el viernes, igualmente tendido, dormitando, reflexionando sin continuidad como un viejo chocho. Y después el sábado, salvando los ratos de la oficina en modo "auto" para venir después a casa, y más que a casa, al hogar que cada uno lleva dentro, en mi caso ese en el que mi madre me llevaba en brazos, porque era muy pequeña y me encontraba tan mal que ni me encontraba, y me daba chocolate y codeína y todo el mundo me dejaba en paz por unos días... Y quedarme ahí en ese sofá de mi imaginación domingo y lunes y martes... Semana tras semana hasta que ya no importe nada y mi cuerpo, boca arriba, boca abajo o de costado, sea solo una cascara que se pueda llevar un soplo de viento que entre por la ventana al ventilar este cuarto.




Si. Probablemente será así. Me quedo con esta hipótesis y casi satisfecha, y me despido:




Espero que tuvieran un buen miércoles.




Buenas noches.