
Me gusta creer que aquellos que recuerdo éramos nosotros. Aquellos, de cuando te ponías mis bragas, y te reías de mis tanques.
Me gusta imaginar que puedo cruzar esta esquina, que es la misma esquina, y encontrarme de bruces con el año pasado, que seguirá siendo el año pasado por muchos que pasen. Que puedo encontrarme contigo, que vienes a buscarme, para ir a ver juntos a los gatitos recién nacidos.
Me gusta el modo en que los recuerdos, vienen a mí, ordenados, sin hacer escándalo, como niños bien educados, de esos que uno se imagina, siempre, peinados con colonia, y los brazos a la espalda.
Me gusta la sensación de que todo tiene sentido. He borrado sin querer, o quien sabe si grabado encima (mi cerebro tiene mucho de VHS) de todo que era nebuloso y feo. Todo lo que podía ser punzante o tóxico. He forrado de espuma todas las aristas, por si caigo.
Me gusta que estés lejos. Que cabalgues a veces sobre el verbo. Que no me lleves al Ikea en coche. Que seas inalcanzable como una virgen. Inasequible como las mejores putas. Difícil de asumir, como un milagro. Que no pises escombros, que nunca tengas dudas, y pensar que aún me tienes reservado un baile.
Me gusta que sepas que no voy a llamarte. Aunque encontrar esas bragas blancas ha sido como comprar un billete solo de ida para probar el Delorean. Aunque no haya sido capaz de tirarlas.
