
Después de todo lo que di la lata para que se acabara el verano, ahora me da pena que llegue el otoño. Por un lado está muy bien, es todo un descanso para los sentidos: colores suaves, planes suaves, escotes suaves, tejidos suaves, la suave música del viento en los cristales, la caricia del edredón nórdico recién salido del tinte, suave, suave, suave...
Pero también se acaban esas noches en las que Madrid brilla como un enorme gato negro recién cepillado. Esas mujeres que se arreglan tanto con tan poca cosa. Esos planes que nunca se ven amenazados por la prisa, como si todo el mundo estuviese de vacaciones, aunque haya trabajado hoy y trabaje de nuevo mañana temprano. Porque "mañana temprano" no existe en Madrid en las noches de verano.
Ahora me arrepiento un poco de haber hecho tanta fuerza mental para que llegase por fin septiembre, como si hubiese realmente empujado el calendario y fuera en parte la responsable de que afuera llueva y las calles estén llenas de individuos de toda clase y condición luciendo eclécticos outfits que combinan chanclas con abrigo, botas con tirantes, bufanda con bermudas y en todos los casos una expresión contrariada como de "¿pero qué ha pasado?".
Me podía haber dado por desear la paz en el mundo, una vacuna contra el cancer, que las cosas ricas no engordaran, o que se muriese Jose Mari, pero no. Me dio por intentar viajar en el tiempo, a donde los días son cortos y las noches paradojicamente también.
Como si las penas fueran pájaros que se mueren de frío. O como si hubiera un cole al que volver y en la pizarra fueran a ir apareciendo una por una, todas las soluciones a todos los problemas. Como si pudiéramos parsar página en el almanaque y con la misma facilidad en todo lo demás.
Asi que si alguien pretendía alargar el estío hasta entrado octubre, le pido perdón. Afuera está diluviando y es culpa mía.



