sábado, 29 de agosto de 2009

Nada salvo el amor. Y también viceversa.


El día en que me di cuenta de que Deniro tenía razón, el cielo era de un color gris casi blanco que hacía daño en los ojos, y hacía un calor húmedo, como de tormenta en la costa. Había un grupo de hombres y mujeres fumando en la puerta de PriceWaterHouseCoopers, mucho maquillaje, tacones, trajes de Cortefiel, corbatas lisas, muchas pretensiones: Gente pequeña, que diría Robin.


Robin estaba en Bretaña y yo la echaba mucho en falta. Me dolía la cabeza y había olvidado tomarme las pastillas de por la mañana. Me preguntaba si mi gato sería feliz con la nueva distribución de la casa, si tardaríamos mucho en pintar el salón. Si llovería.


El día en que me di cuenta de que Deniro tenía razón, Mario me contó que se sentía viejo porque Dani se casaba, y no supe que decirle. Llamé al banco a ver si tenían ya mi nueva tarjeta y apunté en mi libreta que hay que comprar leche y embutido. Llegué tarde al médico. Me dormí en el autobús de vuelta a casa. Olvidé llamar a Marta. De Marta encontré varios libros en las cajas de deshice, y los puse aparte aunque la reforma ocupa tanto sitio por todas partes que apartar algo se hace cada vez más difícil. Está contenta en su nuevo trabajo y yo estuve contenta por ella. También un poco preocupada por mi abuela y sus achaques. Contrita por haber roto en una misma semana un cajón del congelador, mis pantalones de camuflaje y mi casco nuevo. Algo cansada sin saber muy bien por qué.


El día en que me di cuenta de que Deniro tenía razón. Era viernes. Pasé la mañana metiendo cartas en sobres. Hablé con Celso por el Messenger y me sentí acompañada y comprendida. Me comí una tableta de chocolate mientras ignoraba el telediario. Descubrí que Orange me había cortado la línea. Hice cuentas de facturas y mandangas sobre un papel. Me quedé prendada de un vestido gris en un escaparate. Estuve tarareando canciones de Los piratas mientras fregaba los cacharros. Y me dije que en la vida hay muchas más cosas a parte del amor. Me lo repetí cien veces: muchas más cosas a parte del amor.


Y después puse una peli de acción en el DVD y me quedé dormida.

Un Tren llamado Cabreo


Como tantos otros conceptos abstractos, el enfado es difícil de cuantificar. Podría intentarse establecer una escala basándonos en las manifestaciones externas, por ejemplo, enfadado como para poner mala cara, enfadado como para marcharse, enfadado como para repartir un par de guantazos, o tan enfadado como para recurrir a la violencia con objetos contundentes.




Pero para empezar está el problema de que cada persona tiene una manera determinada y única de expresar su ofuscación. Conozco gente que por menos de nada se lía a hostias, cuando yo solo barajo el poner mala cara, irme dando un portazo y en caso de indignación extrema el desaparecer para siempre.




Para seguir, la escala de medición de enojo debería ser universal y oficial y para ello tendríamos que ir con nuestras teorías, trabajos de campo, vídeos explicativos y nuestro mejor traje a someternos al juicio de un organismo oficial que bien podría ser El Instituto de Ciencias del Comportamiento, o directamente no existir, como La Real Academia de Arrebatos y Cabreos.




Por lo tanto, me temo que seguiremos sin tener una unidad de medida para este fenómeno y menos aún una graduación que nos permitiera hacer afirmaciones del tipo "tiene un rebote del grado 7 en la escala de O´Leary" (O´Leary fue un jefe que tuve hace años que en eso de estar furioso como un oso era toda una eminencia).




En conclusión: si no sois capaces de determinar por vosotros mismos, interpretando las señales que emite el sujeto que echa humo en conjunción con la información previa que tenéis de esa persona, no va a haber regla, ley o galletita de la fortuna que os pueda ayudar. Y si en la hipotética escala que no existe alguien estuviera 10 sobre 10 con respecto a vosotros... Mejor no os acerquéis a preguntarle cómo de enfadado está. Por vuestro bien. Por el de todos.




jueves, 27 de agosto de 2009

Make it Clear


Si la gente tuviera más claro lo que quiere y tuviera menos reparos en expresarlo todo sería distinto. No mejor, y puede que no más bonito, pero sería, desde luego más fácil. Yo creo que una cena con vino y una noche de pasión son un buen plan en si mismos. Si el vino es medianamente caro y los partenaires huelen bien y no caen en una espiral de silencios incómodos...O si hay algún servicio de valor añadido como que la casa del anfitrión tenga bañera (si, soy pobre, soy pobre y no tengo bañera).
¿Por qué tratar de disfrazar un producto que en principio de por si ya es estupendo? ¿Por qué perfumarlo de futuribles, de condicionales, de tópicos? ¿Por qué andarse con tanta tontería que lo único que hace es aumentar el grado de confusión global y dejar a la gente a los dos días contrariada y boquiabierta sin saber muy bien si lo que le ha pasado por encima ha sido un protonovio fugaz, un amante con aspiraciones, un terremoto de grado 7 o un jabalí rabioso de 500 kilos?
Yo por mi parte lo tengo claro. No tengo el horno para bollos, ni el chichi para farolillos (madre mía, que daño ha hecho Aida en el inconsciente colectivo), ni ganas de encajarme en un plural, ni planes de comprarme un piso, ni la alarma del reloj biológico perturbando mi voluntaria inconsciencia...
Por lo tanto, seamos claros, signifiquémonos, que no nos de vergüenza reconocer quienes somos, que queremos, que buscamos... Que no nos de miedo saberlo. Si buscas un novio, si quieres tener un perro en condominio, si no sabes que hacer con el espacio que te sobra en el sofá, dilo. Si tienes los huevos llenos de amor, ganas de bailar hasta sudar y luego de seguir sudando cuando la música ya no le importe a nadie, reconócelo, sé claro, hazte una camiseta que lo proclame. Lo que sea.
Y si no conoces los margenes de tus propias expectativas, si no descartas enamorarte follando, o descubrir que estás enganchado después de veinte cafés y dos sesiones de cine, si no te producen pesadillas las cuentas conjuntas pero sabes que a veces lo más sensato es marcharse en el primer metro de la mañana. Sé honesto, si, tú también, porque los espectros amplios no son excusa suficiente para camuflarse tras una ambigüedad que al final siempre se acaba quedando corta y deja a propios y ajenos con el culo al aire.
Reconozco mi parte de culpa, porque la tengo, y nunca querría pecar de ver la viga en el ojo ajeno y no reparar en la paja del propio (que cerdo me ha sonado siempre esto. Cerdo e incómodo). Pero creo que he aprendido la lección mientras daba dramáticos saltitos vitales entre confundidora y confundida. Y si rectificar es de sabios, y perseverar es de bestias, espero que esto me acerque un poco más a la favorecedora toga de los maestros griegos, aunque por debajo me sigan asomando en ocasiones las pezuñas.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Postvacacional y en Varios Trozos.




En la tormenta, el alma se parte, pero el cuerpo se doblega.

Esto me digo cada día desde que regresé, mientras comienzo mi tabla diaria de ejercicios de desdoblamiento, uno, dos, uno, dos...

Mi alma se queda en la cama mirando al techo, con la única compañía de las formas que se retuercen tratando de escapar del gotelé, y mi cuerpo se levanta diligente, se estremece cuando pierde al calor de las sabanas, cumple con los consabidos rituales higiénicos, se pinta los ojos en el medio de la cara y la sonrisa debajo. Se ajusta los gadchets (gafas, cascos, ropa de batalla, zapatillas de caminar por la fuerza...) Se alimenta, se desplaza, se prepara para nueve horas encajado en una silla, y comienza a funcionar en modo automático, con todos los sistemas activados y a pleno rendimiento: personalización, formulas de cortesía, escucha activa, conocimientos técnicos, excelencia, paciencia infinita, palabras blancas, palabras negras...

Mi cuerpo, saluda y se ríe, acepta un cigarrillo, se interesa, hace bromas. Es besado y abrazado y dice "las vacaciones muy bien, gracias" y "por aquí qué tal todo" y "cómo está tu hermano" y "me alegro de verte".

Y no siente nada. Y no me lleva dentro. No me contiene, ni me transporta, ni me limita. Mi cuerpo, doblegado, representándome para que otros puedan verme a mi vuelta, sustituyéndome para que yo no tenga que haber vuelto en realidad. Para que en realidad no haya vuelto en absoluto.