Sábado. Medio día. Tren de cercanías. Estoy sentada de espaldas a la marcha y de frente al resto del vagón. Salí anoche y tengo sueño. No demasiado. Lo justo como para estar un poco confusa. Como si mis pensamientos bailaran a cámara lenta en mi cabeza. Gracias al cielo, estamos en el siglo veintiuno y las posibilidades de que mi supervivencia dependa de mi agilidad mental son escasas; en la prehistoria me habría comido un dinosaurio. Claro que en la prehistoria no existía el Wullitzer Ballroom.
Miro a mi alrededor. Caras largas. Madres con niños. Padres con bolsas. Chavales con legañas que se tocan la cara como si no acabaran de creerse que ya no están en la cama durmiendo plácidamente la mona. Yo misma, me paso la mano por la frente presa de uno de esos vértigos que me agarran ultimamente en los momentos menos oportunos. Esos momentos en los que mi flamante nueva vida parece demasiado nueva y demasiado flamante para ser vida, y sobre todo para ser mía y tengo la impresión de que cuando menos me lo espere va a romperse alguna costura y se va a desparramar todo por el suelo. O peor aún, que alguien va a sacudirme el brazo para despertarme del sueño delirante de que todo estaba bien, y me voy a encontrar sentada, como ahora, con la cabeza contra el cristal y el bolso entre las piernas, pero no en un tren camino de la sierra norte si no en uno de esos muchos aviones que cogí durante casi dos años, siempre marchándome de los sitios pero nunca llegando a ninguna parte.
Me levanto cuando se aproxima mi parada. Un chico de pelo largo muy largo y pantalones caídos se coloca a mi lado. Tiene aspecto de haber pasado una noche de viernes o muy muy buena o muy muy mala y también de ser uno de esos personajes que aparecen en los anuncios enfocados a la juventud. Un prototipo. Un macho alfa. Alguien que la industria discográfica podría convertir en un ídolo de jovencitas aunque no sepa cantar. Un tío guay, vamos.
Se gira y le pregunta dónde estamos a algo que sólo él ve por encima de mi cabeza. Se ha equivocado de tren. Lo encaja con la resignación de quien asume que en su estado lo verdaderamente complicado es que hubiera acertado a la primera y se baja delante de mí, quien sabe si con intención de regresar al punto de partida, de colgarse del primer pino alto que encuentre, o de unirse a una congregación de Capuchinos Descalzos.
Yo lo miro alejarse, mientras subo las escaleras que peldaño a peldaño me acercan más a mi centro de trabajo, y me doy cuenta por enésima vez, pero no con menos sorpresa que la primera, de que estar perdido es lo más fácil. Como si fuera nuestro estado natural. Como si estuviéramos diseñados para ello. Como si los caminos se retorcieran sobre si mismos con la única intención de hacernos asumir al fin nuestra condición de extraviados. No ya de estarlo, si no de serlo.
Y una vez más, también, con las mismas ganas que la primera, cruzo los dedos dentro del bolsillo de la chaqueta y pienso, por favor, si todo es mentira, que nadie venga a joderme con la verdad. Con ninguna verdad. Por favor.

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