
A veces tenerlo todo, significa no tener nada más. Quemar los planos de los túneles secretos, y poner cadenas en las salidas de emergencia.
Tenerlo todo, menos el pensamiento de ir a necesitar un paracaidas. No llevarlo. Saltar y pensar: tú me sujetas. Deshechar las dudas. No darnos opción a tener miedo. Tú me sujetas y si no es así me voy a dar tal hostia que me voy a poner del revés.
Pero no va a pasar. Por eso no nos permitimos las coderas, no llevamos chaleco salvavidas, vamos a toda velocidad, sin cuidado, como el niño que todavía no se estrelló nunca de la bicicleta. Sin cuidado. No hace falta el cuidado. Porque tú me cuidas.
Y hacemos como si nunca nos hubiéramos decepcionado, como si nadie nos hubiera dejado nunca caer, como si no nos hubiéramos levantado mil y una veces del suelo y mirándonos la ropa sucia y las rodillas heridas pensando: no lo hago más.
Porque el miedo, no es el antídoto del dolor. Porque estar alerta, es lo contrario de tener sueños. Y porque no hay paracaidas, salvavidas, ni plan B, que sea capaz de evitar que nos estrellemos de nuevo.
Asi que tenerlo todo, supongo que implica tenerte solo a ti. Que tú me tengas solo a mí. Y la certeza de que esto no puede estropearse, mientras no se estropee.
