Como un cocinero frente a la nevera vacía.
Como quien mira las cenizas del que fue su hogar sin reconocer ningún fragmento que le resulte familiar entre los cascotes.
Como aquel guerrero que en medio del campo de batalla descubre que ya no le quedan gritos de rabia en la garganta con los que forzarse a levantar la espada una vez más.
Como una oruga que suspendió el examen de ser mariposa.
Como alguien sin nombre que ninguno de nosotros conoce y que se muere muy lejos de aquí, lentamente, y sin hacer ruido.
Como una golondrina en un vagón de metro.
Como el cantante del grupo al que rechazaron todas las discográficas.
Como el único superviviente de un accidente de avión en el que viajaban todos sus conocidos.
Así me he sentido…
Como si hubieran formateado el disco duro de mi vida y sólo me hubieran dejado una traza de dolor, difuso, sin sentido: insuficiente.
Como si el cuello no me hiciera el giro, sin poder mirar hacia atrás, por encima de mi hombro.
Como si me hubieran criogenizado un siglo y acabase de despertarme con hambre.
Como si el pasado no existiera.
Como si solo hubiera, hoy (y mañana), y aquí, este instante, estos nombres, las caras nuevas, las únicas caras, los nuevos nombres, los nombres para toda una vida.
Y yo.
¿Soy yo? No sé quien fui yo antes de ser yo ahora… E ignoro si antes yo me parecía a como soy yo.
Y esa es la mejor parte. O la peor. O quizá todo junto.

