
Frío. El ruido de los coches se eleva engalanando Madrid con intrincadas volutas sonoras. De los balcones brota espuma radiofónica, soporte del doméstico contoneo de mujeres invisibles barriendo, deseando, ardiendo, sobreexistiendo. El hombre del Cadillac sacándose un moco en su lujoso habitáculo a prueba de vergüenza. Y las gaviotas de mentira, sus huellas como cáscaras de pipas que la marea no se llevará. La voz del florista callejero que anuncia recompensas fáciles a precios de ganga.
Y todo se detiene y vuelve atrás como si fueras el dueño del mando a distancia en esta absurda comedia, que diría Sabina. Y se retuerce en un bucle de tiempo imposible de medir, mientras repites lo mismo con la misma inflexión y aún sin mirarme.
Y es demasiado pronto para saber que contestar y demasiado tarde para decirte que no quiero escuchar esa pregunta y reflexiono sobre que clase de infierno será el cielo de los torpes, mientras, digo algo que es igual que nada. Y que dónde era que nos íbamos a tomar esas cañas, que si es muy lejos, que estoy cansada.
Las gaviotas de atrezzo están cayendo a plomo contra el suelo. El Cadillac en llamas. Las mujeres que barren descubriendo su fealdad en el espejo. El florista decidido a jubilarse y entre medias mentiras y falsas verdades, Madrid, en este instante, da la sensación de estar muriendo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario