Si la gente tuviera más claro lo que quiere y tuviera menos reparos en expresarlo todo sería distinto. No mejor, y puede que no más bonito, pero sería, desde luego más fácil. Yo creo que una cena con vino y una noche de pasión son un buen plan en si mismos. Si el vino es medianamente caro y los partenaires huelen bien y no caen en una espiral de silencios incómodos...O si hay algún servicio de valor añadido como que la casa del anfitrión tenga bañera (si, soy pobre, soy pobre y no tengo bañera).
¿Por qué tratar de disfrazar un producto que en principio de por si ya es estupendo? ¿Por qué perfumarlo de futuribles, de condicionales, de tópicos? ¿Por qué andarse con tanta tontería que lo único que hace es aumentar el grado de confusión global y dejar a la gente a los dos días contrariada y boquiabierta sin saber muy bien si lo que le ha pasado por encima ha sido un protonovio fugaz, un amante con aspiraciones, un terremoto de grado 7 o un jabalí rabioso de 500 kilos?
Yo por mi parte lo tengo claro. No tengo el horno para bollos, ni el chichi para farolillos (madre mía, que daño ha hecho Aida en el inconsciente colectivo), ni ganas de encajarme en un plural, ni planes de comprarme un piso, ni la alarma del reloj biológico perturbando mi voluntaria inconsciencia...
Por lo tanto, seamos claros, signifiquémonos, que no nos de vergüenza reconocer quienes somos, que queremos, que buscamos... Que no nos de miedo saberlo. Si buscas un novio, si quieres tener un perro en condominio, si no sabes que hacer con el espacio que te sobra en el sofá, dilo. Si tienes los huevos llenos de amor, ganas de bailar hasta sudar y luego de seguir sudando cuando la música ya no le importe a nadie, reconócelo, sé claro, hazte una camiseta que lo proclame. Lo que sea.
Y si no conoces los margenes de tus propias expectativas, si no descartas enamorarte follando, o descubrir que estás enganchado después de veinte cafés y dos sesiones de cine, si no te producen pesadillas las cuentas conjuntas pero sabes que a veces lo más sensato es marcharse en el primer metro de la mañana. Sé honesto, si, tú también, porque los espectros amplios no son excusa suficiente para camuflarse tras una ambigüedad que al final siempre se acaba quedando corta y deja a propios y ajenos con el culo al aire.
Reconozco mi parte de culpa, porque la tengo, y nunca querría pecar de ver la viga en el ojo ajeno y no reparar en la paja del propio (que cerdo me ha sonado siempre esto. Cerdo e incómodo). Pero creo que he aprendido la lección mientras daba dramáticos saltitos vitales entre confundidora y confundida. Y si rectificar es de sabios, y perseverar es de bestias, espero que esto me acerque un poco más a la favorecedora toga de los maestros griegos, aunque por debajo me sigan asomando en ocasiones las pezuñas.
¿Por qué tratar de disfrazar un producto que en principio de por si ya es estupendo? ¿Por qué perfumarlo de futuribles, de condicionales, de tópicos? ¿Por qué andarse con tanta tontería que lo único que hace es aumentar el grado de confusión global y dejar a la gente a los dos días contrariada y boquiabierta sin saber muy bien si lo que le ha pasado por encima ha sido un protonovio fugaz, un amante con aspiraciones, un terremoto de grado 7 o un jabalí rabioso de 500 kilos?
Yo por mi parte lo tengo claro. No tengo el horno para bollos, ni el chichi para farolillos (madre mía, que daño ha hecho Aida en el inconsciente colectivo), ni ganas de encajarme en un plural, ni planes de comprarme un piso, ni la alarma del reloj biológico perturbando mi voluntaria inconsciencia...
Por lo tanto, seamos claros, signifiquémonos, que no nos de vergüenza reconocer quienes somos, que queremos, que buscamos... Que no nos de miedo saberlo. Si buscas un novio, si quieres tener un perro en condominio, si no sabes que hacer con el espacio que te sobra en el sofá, dilo. Si tienes los huevos llenos de amor, ganas de bailar hasta sudar y luego de seguir sudando cuando la música ya no le importe a nadie, reconócelo, sé claro, hazte una camiseta que lo proclame. Lo que sea.
Y si no conoces los margenes de tus propias expectativas, si no descartas enamorarte follando, o descubrir que estás enganchado después de veinte cafés y dos sesiones de cine, si no te producen pesadillas las cuentas conjuntas pero sabes que a veces lo más sensato es marcharse en el primer metro de la mañana. Sé honesto, si, tú también, porque los espectros amplios no son excusa suficiente para camuflarse tras una ambigüedad que al final siempre se acaba quedando corta y deja a propios y ajenos con el culo al aire.
Reconozco mi parte de culpa, porque la tengo, y nunca querría pecar de ver la viga en el ojo ajeno y no reparar en la paja del propio (que cerdo me ha sonado siempre esto. Cerdo e incómodo). Pero creo que he aprendido la lección mientras daba dramáticos saltitos vitales entre confundidora y confundida. Y si rectificar es de sabios, y perseverar es de bestias, espero que esto me acerque un poco más a la favorecedora toga de los maestros griegos, aunque por debajo me sigan asomando en ocasiones las pezuñas.

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