
Hace poco, y cuando digo poco, cometo la vulgaridad de referirme al aspecto puramente cronológico, y no a las vivencias, ni a la intensidad de los momentos, yo era una persona que no tenía nada que perder.
Y cuando digo nada, me refiero a esa nada absoluta que hay al fondo del cubo de la ropa sucia después de poner tres lavadoras, a la nada que queda en las paredes de la habitación de un hijo cuando se ha ido de casa y se ha llevado los posters. A la nada de las noches en blanco, a la silenciosa nada que sigue a "el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura". A esa nada, que es lo último que escogeríamos si pudiéramos, incluso por detrás del dolor, de la frustación y de la rabia.
Hace unos días, (y entendamos el sentido elástico de "día" sin definirlo como conjunto de 24 horas) todo lo que veía delante y por detrás de mis ojos, era un campo yermo y abrasado, un desolado paraje en el que parecía que no iba a brotar jamás de nuevo vida alguna.
Pero a veces los milagros ocurren; sobreviene la tormenta y se empapa el desierto, y corremos riendo a ponernos a cubierto de la mano de alguien que puede llegar a convertirse en Alguien con mayúsculas.
O puede que no. Pero hoy a quién le importa eso ¿verdad?

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