jueves, 15 de octubre de 2009

A WINK


Parpadeo. Y la realidad tiembla a mi alrededor como reorganizándose, muy despacio.




Parpadeo. Cuando me despierto nunca sé dónde estoy. Tampoco qué hora es, ni de qué día. Luego, poco a poco, me voy llenando de datos y certezas. Me preparo para hacer de mí. No como quiero ser, sino para lo que debo hacer. Relleno para el hueco que tengo que ocupar. Sin más.




Tratando de servir para algo, si no para todo. Intentando entre tanto dilucidar si la rutina es la cadena que me hace cautiva o por el contrario lo único que me mantiene unida a la cordura. Aunque quizá estas dos premisas no son contrarias... Puede que los locos sean libres y los cuerdos seamos esclavos de nuestra propia cordura. Menos mal. ¿O quizá no?




Rutina, cordura, esclavitud necesaria, llámalo x, pero mientras pienso dónde, cómo, quién, cuándo, con quien más, que les dieron de comer, y qué llevaban puesto...No pienso en los POR QUES y eso es una bendición cuando hay muchas preguntas cuya respuesta no se quieren conocer.




Y asi, sin demasiada introspección y sin inflexión en absoluto, no soy lo que siento, ni lo que hago, ni lo que como, ni lo que digo... Ni siquiera lo que los otros creen tener delante cuando estoy. Ahí.




Parpadeo. Solo soy lo que hay bajo tu mano cuando me acaricias. Cuando no existen los minutos, ni el peso de las cosas. Cuando todo es blanco.Cuando estamos solos.




Cuando estemos completamente solos...Acariciáme para que pueda SER.




REAL.

martes, 13 de octubre de 2009

LA TRISTEZA: AL CONTENEDOR AMARILLO




Siempre me he considerado una persona triste. Una de esas personas que comenten la vulgaridad de ser tristes sin más, sin acabar de tener ganas de encajar entre los góticos, entre los "emos", entre los inadaptados que se jactan de serlo, o los que añadiéndole un poco de talento a la mezcla creen que pueden pasar por poetas malditos.












Triste para el hoy, pesimista para el mañana, y sobrellevando el ayer subida a una noria de amor-odio que no a fuerza de ser familiar se hace más cómoda. Alternando periodos de autocompasión injustificada con rachas de sencilla y confortable desesperanza. Podría haber sido Punk, pero eso requiere una cantidad de energía de la que creo no haber dispuesto nunca y además me gusta demasiado comer bien y comprar zapatos.








No pensé nunca que mi tristeza, tuviera una razón real, más allá de mi incapacidad para encarar lo cotidiano de un modo práctico y positivo, y que conste que tengo muy clara la diferencia entre el ser y el estar. Un profesional diría probablemente que yo tenía un problema endógeno, pero en la intimidad del me, mi, conmigo... Yo era solo triste. Relajada y soberanamente triste.








Sin embargo, no sé ni como, de un tiempo a esta parte me sorprendo, contestando a la eterna pregunta que estoy bien, y no es un bien de cortesía, no es un bien despistado que esconde un ansia por pasar a lo siguiente, no es un bien de esos que encajan en cualquier momento en el que no nos atreveríamos a decir ninguna otra cosa. Es un bien, que se columpia un instante en una sonrisa que no acaba de abarcarlo. Un bien, resplandeciente, y tan carente de razones puntuales como mi tristeza pasada (aunque también contestaba que estaba bien, lo cual demuestra que bien es una de las palabras con más significados tácitos que existen).








Un bien, que delante de un café y en círculos más intimos viene seguido de una explicación tipo "estoy viviendo un momento muy dulce en mi vida". Con una explicación que no dice en realidad casi nada. No porque en el pack de la felicidad viniera la timidez también de regalo, si no porque no hay nada que decir...








Nada que justifique esta sonrisa tranquila, o quizá todo. Porque las circunstancias puntuales vienen y van y cambian, se mueven, se atropellan, se anulan, se acompañan, y oscilan, y oscilan y vuelven a oscilar como una onda en la que cada curva da impulso a la siguiente de signo contrario y así hasta el infinito.








Nada. Porque las circunstancias son como yo las veo y no lo que son en realidad. Nada, porque no es lo que pasa ahí fuera, si no en lo que yo me he convertido.








Yo era una persona triste. Podéis imaginarme diciéndolo con una banda negra sobre los ojos como si de un programa de testimonios se tratara. Lo era. No me da vergüenza decirlo. Pero ahora estoy bien. Es más, haciendo valer la diferencia entre el ser y estar de nuevo, esta vez de modo mucho más gozoso. No es que ahora esté bien, o esté mejor...








Es que ahora vivo bien. Y soy mejor.












domingo, 11 de octubre de 2009

SOBRE EL PRINCIPIO DE LO QUE PARECE NO TENER FIN


No se puede vivir como si la belleza no existiera. En eso pienso mientras te pregunto en qué piensas, mientras me clavas lo dedos en la carne, concentrado y concienzudo tratando de aprenderme con el ceño fruncido como si fuera difícil -Pienso que te quiero- contestas veloz, esta lección ya del todo aprendida, mientras me dibujas con lo pulgares graves los huesos de las caderas, la feliz curva de mi vientre, el ombligo optimista, los pechos salpicados de lunares -casi simétricos- dices con la sonrisa de un niño que se sabe único dueño de un milagro.


Y yo también te quiero, reflexiono, mientras escucho la cisterna del vecino de arriba (tú no, tú cuando estás entretenido no oyes nada), los primeros pájaros anunciando que ha dejado de ser muy tarde para empezar a ser muy temprano, los muelles de la cama alborozarse cada vez que tomas nuevas posiciones sobre el terreno ya conquistado.


Yo también te quiero y sin embargo no quisiera. Pero es tarde ya para negarte tres veces, para desaprender la longitud y firmeza de tus hombros, la dulzura de la curva de tu cuello, o la sencilla perfección de líneas de tu espalda. Para borrar los caminos que en tu cuerpo tracé con mis labios, para sacar chorreando salados mis ojos de tus ojos y ponerlos a secar a salvo, lejos de ti, de tus miradas de mar gruesa, de tus playas de carne, de este salto mortal desde las rocas.


Tarde, pienso mientras me haces el amor con la suavidad de quien se sabe manejando algo valioso y delicado y esa intensidad dichosa con que se acomete todo lo que es nuevo.


Tarde, desde el principio que no lo parecía o desde antes aún, el momento en el que comprendí que no se puede vivir como si la belleza no existiera.


-¿Qué?- preguntas de repente erguido y sudoroso, privándome por un segundo de la magia curativa de tu peso. Y te atraigo hacia mí, tratando de robarte al mundo un rato más, buscando tu oído para resumirte mi viaje de ida, mi miedo al naufragio, mi vuelta reticente, mi llegada triunfal, mi destino definitivo, y al final solo digo -Gracias- y mientras me sonríes con la seguridad del que sabe que no puede perder, mientras en algún lugar del edificio ha empezado a sonar un viejo Lp de Sabina, mientras cae al suelo la enésima tabla disidente del somier, mientras te tensas como un arco a punto de romperte y gritas como llamándote a ti mismo, perdiéndote y hallándote en un jubiloso instante.....


Me pregunto si demasiada belleza no será también incompatible con la vida.Me refiero por supuesto a tu belleza. Y a mi vida.

lunes, 5 de octubre de 2009

"Profundas" Conclusiones Esperando a que Acabe la Lavadora


1- Los besos en la frente, abrazarse cuando hace calor y los zumos de naranja exprimidos para otro son de amor. Todo lo demás convencionalismo y falacias.




2-La gente que se pone de estado civil en el Facebook "en una relación abierta" o bien es de otro planeta o tiene Síndrome de Divulgación Compulsiva. ¿De verdad es como para que se sepa que a parte de acostarte con quien normalmente te acuestas te acuestas con otras personas? ¿O que esa persona se acuesta a su vez con otras personas también? ¿Nos hemos vuelto todos locos? ¿Soy yo sola la que no le ve el sentido?




3- El tiempo que tarda la lavadora en hacer una colada en el programa rápido no tiene nada que ver con lo que digan las instrucciones, es inversamente proporcional a la prisa que tengas porque termine para tender.




4- Los celos se retroalimentan. Y cuando son sin motivo son una pasión baja, intensa, agotadora, humillante y sórdida que nos convierte en seres pequeños y despreciables. Por favor, que inventen una medicina que nos haga a todos confiados, calmados, magnánimos y más guapos. Prefiero ser una cornuda ingenua que un alma torturada. Autotortura=caca.




5- Los aeropuertos son como la Divina Comedia de Dante. Salidas, Llegadas, Retrasos y Pérdida de Maletas. No sé como lo hago que yo voy cambiando de campo: voy, vengo, a tiempo, tarde, con equipaje, sin él... Y me parece que siempre me toca la parte del infierno.




6-Para que una canción sea exitosa y pegadiza a parte de un ritmo machacón necesita una letra idiota. Como contenga alguna palabra de más de tres sílabas es un fracaso seguro.




7- Que el tamaño no importa es un mito. Pero ser amoroso importa más y a nadie se le ha ocurrido inventar el "mimitos extender". Maaaaal. Muy mal.




8- Volver al trabajo después de las vacaciones es una mierda. Y descubrir que no se te ha olvidado ninguno de los conocimientos que tuviste que adquirir para desempeñar tu labor es consolador y deprimente a la vez.




9- Te quiero, son dos palabras que producen una emoción distinta cada vez que se escuchan de alguien por primera vez. Cuando ya no quedan virginidades que perder esas son las únicas primeras veces que de verdad cuentan.




10- Algunas personas no sabemos vivir sin llevarlo todo al extremo. La calma nos aburre tanto que nos hace sentir que no estamos vivos. Somos unos pobres enfermos adictos a nuestra propia adrenalina. Pero también es verdad que cuando somos felices somos las personas más rutilantemente felices del universo. Luego la caída es... Es otra historia. La lavadora ha terminado y yo con eso, por hoy, me doy por más que satisfecha.

viernes, 2 de octubre de 2009

FRAGILE


Hace falta una variación de muy pocos grados en el ángulo de una sonrisa para que se convierta en la mueca más amarga.

Igualmente en la memoria, bastan un par de caricias de más para arrancarle a los mejores recuerdos su pátina brillante.

En un solo un segundo, la mañana más radiante se puede cubrir de nubes y explotar en tormenta.

Y una sola palabra de sobra o que no llega, es capaz de convertir cualquier sábado en lunes o viceversa.

He estado dándole vueltas a que las cosas buenas son tan frágiles, que a veces pienso que sería mejor no volver ni a rozarlas.

jueves, 1 de octubre de 2009

FROM AMSTERDAM...


Toda la poesía de esta ciudad en bicicleta. La belleza de postal de sus canales, con sus barcos cargados de turistas, que miran, con los ojos girando 360 grados, tras las cámaras. Toda esa búsqueda suya, que es la mía, ese afán de detener el instante, de captar la esencia, de llevarse a casa una imagen que sea Amsterdam. Que explique no solo lo que vimos, si no también lo que olimos, lo que dejó en nuestro ánimo el mercado de las flores, lo que causó en nuestros huesos la llovizna tibia de principios de otoño, lo que le ocurrió a nuestra cabeza a orillas del Dommel...

Todas las sensaciones de esta capital de juguete, todas las palabras, en todos los idiomas que aquí se encuentran para intentar definir lo que mi corazón sabe pero mi boca no alcanza. Todos los minutos de plenitud en los que estuve lejos de todo menos de lo que mis sentidos abarcaban...

Y todas esas noches, de cama improvisada y risas de desplazados, y esa luna, que se ve otra aunque sea la misma desde este salón con las horas contadas en Slotervaart... Esas noches que también estuvieron hechas de tu ausencia, reverso de esos días, llámalos vacaciones o exilio o paréntesis o punto de inflexión o quizá más que razonable independencia...

Todas esas unidades de longitud, de distancia, de definición, de temperatura y de belleza si es que se puede medir en algo más fiable que el lapso de tiempo que se tarda en recuperar la respiración tras el impacto de cualquier rincón de esta ciudad que es tan bonita que casi da miedo.

Todas y cada una de esas medidas, y por supuesto, todo lo que implica un peso, desaparecen, se evaporan, dejan de existir con un fundido en negro que dura 3 palabras: Las que tú necesitas al teléfono para decirme en un susurro que me extrañas.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

LOS COMOS Y LAS SOMBRAS


Como un cocinero frente a la nevera vacía.




Como quien mira las cenizas del que fue su hogar sin reconocer ningún fragmento que le resulte familiar entre los cascotes.




Como aquel guerrero que en medio del campo de batalla descubre que ya no le quedan gritos de rabia en la garganta con los que forzarse a levantar la espada una vez más.




Como una oruga que suspendió el examen de ser mariposa.




Como alguien sin nombre que ninguno de nosotros conoce y que se muere muy lejos de aquí, lentamente, y sin hacer ruido.




Como una golondrina en un vagón de metro.




Como el cantante del grupo al que rechazaron todas las discográficas.




Como el único superviviente de un accidente de avión en el que viajaban todos sus conocidos.




Así me he sentido…




Como si hubieran formateado el disco duro de mi vida y sólo me hubieran dejado una traza de dolor, difuso, sin sentido: insuficiente.




Como si el cuello no me hiciera el giro, sin poder mirar hacia atrás, por encima de mi hombro.




Como si me hubieran criogenizado un siglo y acabase de despertarme con hambre.




Como si el pasado no existiera.




Como si solo hubiera, hoy (y mañana), y aquí, este instante, estos nombres, las caras nuevas, las únicas caras, los nuevos nombres, los nombres para toda una vida.




Y yo.




¿Soy yo? No sé quien fui yo antes de ser yo ahora… E ignoro si antes yo me parecía a como soy yo.




Y esa es la mejor parte. O la peor. O quizá todo junto.